Cuando comentó que tenía cita con el especialista, una mueca de asombro se dibujó en el rostro de su marido y en el del resto de su familia. Había callado todo lo humanamente posible, pero ahora, sus consultas médicas ya no podían caber dentro del secretismo. Nunca les había comentado nada a ellos porque no quería preocuparles con sus cuitas y aflicciones tribuladamente quejumbrosas. Pero aquello ya era imposible de ocultar.
Y estaba allá en la sala de espera, nervioso, inquieto, mordiéndose las uñas, imposible estar sentado más de cinco minutos seguidos. En su derredor se movían familias enteras de hasta tres generaciones, abuelos, padres y nietos, y un murmullo de cafetería más que de una sala de espera de la antesala de las mesas de operaciones, de los quirófanos, se difuminaba a su alrededor, pero él se diferenciaba de todos ellos, sentado, tamborileaba con su pie derecho sobre las enceradas baldosas de la sala de espera, no era nerviosismo únicamente, era preocupación y miedo, estaba aterrado. Salió al pasillo y como un autómata sacó un café con leche de la máquina. Vaya una estupidez. Tomarse un café, con lo nervioso que estaba. Y además abrasaba. Joder, se había quemado los labios, y el palillo para remover el azúcar se hallaba perdido en el maremagnum de la capa espumosa superior. Su cuerpo no necesitaba más estimulantes, estaba a tope de hormonas de la médula suprarrenal, esas que te hacen aumentar la frecuencia cardiaca, la tensión arterial y dilatar la musculatura bronquial. Dichosa adrenalina. Si pudiese regularla a voluntad. Pero quia, no se deja, la muy hormona. Y para mas ende recuerda de su etapa estudiantil que su profesora de biología le enseñó que ejercen una acción simpatico-mimética. Pues de simpática no tenía nada aquella situación. Súbitamente su cuerpo sufre un espasmo tal cual una crisis epiléptica y no era para tanto, simplemente alguien a sus espaldas le había puesto una mano en el hombro, puf, pero eso, en su estado de ansiedad no se hacía, no señor, por supuesto que no se hacía, el susto había sido morrocotudo, se vertió el vaso de café encima, medio vaso tan solo, pues aun le quedaban reflejos para controlar la situación. Mierda. -Vaya como te has puesto, si llego a saber que reaccionas así le comentó su hermano no sabía que te ibas a asustar de esa manera, lo siento. -No te preocupes, no pasa nada le respondió estoy algo nervioso y alterado. -¿Todavía no se sabe nada? ¿Quieres otro café? preguntó de carrerilla como si fuese una sola y la misma pregunta Ya lleva mucho tiempo dentro. -Dos horas y aún no se nada. Ya llamaran. -¿De veras no quieres otro café? Deberías intentar limpiarte algo la mancha con agua, sino nunca te saldrá, las manchas de café son rebeldes. -Tú si que eres rebelde, mira como me has puesto dijo, recuperando parte de su serenidad y aplomo- la factura de la tintorería la pagas tú. -Me preocupa más su estado psicológico que el físico comentó cambiando radicalmente de tema de conversación, lo soltó como si lo hubiese estado rumiando durante horas- es como si no tuviese ganas de luchar. -Es normal, eso suele pasar-le respondió su hermano- pero es pasajero. -Le preocupa mucho su aspecto, los efectos secundarios del tratamiento la han destrozado. -Es normal, las mujeres son muy vanidosas y presumidas, les gusta estar siempre guapas y arregladas, pero verás como pronto vuelve a crecerle el pelo, y hasta entonces, hay pelucas que apenas se notan que lo son. -Si, pero hay ciertas cosas que una vez cortadas no vuelven a crecer jamás.
-¿Por qué lloras, cariño? Le preguntó él a su mujer al día siguiente de la intervención quirúrgica Ya ha pasado todo, ha salido todo bien. No llores mas, por favor. - Si no lloro, sólo es que quizá si no hubiese esperado tanto en ir al médico, quizá ahora -Ahora seguimos juntos, y seguiremos luchando, ahora que sabemos quien es el enemigo le derrotaremos, no habrá tregua alguna. -Si lloro por algo es porque me siento menos mujer, incompleta, porque nunca volveré a ser la misma hablaba temblándole los labios Ya no tengo edad para amamantar, pero aún se conservaban tersos y firmes y ahora siento un vacío al que no podré acostumbrarme, si lloro es porque estoy mutilada, y porque siento que quizás ya no te guste a ti de la misma forma que antes, me siento fea, deforme, como una caricatura, cuando palpo mi pecho izquierdo y ya no lo encuentro, me falta algo que siempre fue mío y ya no está.. -No seas tontina dijo él sonriéndola amablemente- yo te querré igual. ¿Que digo? , te quiero más aún todavía ahora que sé que he podido perderte, me he dado cuenta de lo importante que eres en mi vida, lo que te necesito, y un maldito cáncer de mama no acabará con nosotros. Te quiero más que nunca. Y seguiremos luchando, seguiré luchando a tu lado hasta derrotarlo. -O hasta que él nos venza. sentenció dramáticamente ella- Ha empezado ganando.
Para ti, Gracias por decir SI cuando te pregunté ¿querrías ser mi amigo para siempre? Gracias a pesar de tus dudas en firmar un contrato, pues tu realismo dijo no a los papeles imaginarios.
Amigos para siempre. A pesar de A pesar de que tú me hagas llorar. A pesar de que yo te haga llorar. A pesar de no firmar un pacto de sangre. Amigos para siempre.
La verdad es que no te iba a doler, un alfiler, un pinchazo en el dedo corazón y dos gotitas rojas que se mezclan.
A mi estimable Cívico amigo del Centro: Patriótico, con tu copla por bandera, sin despreciar la música étnica de Kilema. Político, es decir: diplomático, astuto, ingenioso, sagaz, mas apaciblemente ajeno a la política. Civilizado, esto es: humanizado, don de persona y de gente. Educado, y por lo tanto correcto y atento en el trato. Solidario con los demás ciudadanos. Sociable ,allá donde el mundo esté, allá estará él, gusta rodearse de personas y hablar. Urbano, amable, afable, cortés. ¿No me estaré pasando en adularlo? Que tu trabajo llegue al centro mismo de la ciudad, allá donde se cruzan todos los caminos, en los arrabales del sur. Y que algún día, sino lo has hecho ya, formes parte de las Jornadas por la Paz. Pelo blanco, gafas de pasta, bigote abanderando,- blanco, negro centrado y blanco-, piel clara. Y los duendes del misterio rodando, rodando, rodando.
Para ti, ¿Es esta la forma de escribir un relato que llegue a ser algo? . No busco eso. Aunque no te guste no me importa, tal vez un poquito si, pero no digas nada. Solo importa ser Amigos para Siempre.. ¿Sabes que es reír y llorar a solas?. Esto. Lo que he escrito para ti y para él, para los dos, y gracias a ti, lo que tú lees porque alguien lo escribió. Al mirar la vista atrás se ve la senda escondida que nunca se ha de volver a pisar. Nuestro pasado. Mi vida. Tu vida. La de los tres. ¿Qué hemos hecho de ella hasta hoy? ¿Lo sabes? . Mira a tu lado, al mío, y quizá un día me encuentres en ese cruce de caminos de los arrabales del sur. . ¿Que no soy yo? Eso no importa. Sigue mirando a tu lado. Pero no tengas miedo, quizá un día un payaso te haga reír de verdad en vez de llorar. Quizá un día un payaso comparta tu vida a tu lado y reirás y pensarás que su cara pintada es requetelinda y no artificial, que lo que hoy es gris, ayer fue negro y mañana será la pureza de un inmaculado blanco, y su nariz roja la achucharás y perdonarás que se hable de ti sin saber quien eres, sin saber quien soy. Porque la intimidad es de dos y entre dos y es tan personal que sólo en clave, aunque no te guste, quedará oculta para siempre. Un secreto. Una Amistad Para siempre. A Friendship For ever.
Para no sucumbir ante la tentación del precipicio el mejor tratamiento es el fornicio.
Mario Benedetti.
El alma se me escapa en las miradas, no te prometo nada porque ya sabes que no creo en las promesas. Ojalá que un día reciba alguna señal tuya, sabré que sigo viviendo en tu recuerdo. Allá donde el mar cruza la llanura, donde las gaviotas trepan montañas, donde los helechos saben a néctar de grosellas, allá donde la luna llora sangre de frambuesas que riegan las estepas desoladas, allá te seguiría con mi mirada, con ese alma huidiza de raíces en el aire, de matices chispeantes de filigranas, de chocolate con nata, de un viaje alucinante a tus entrañas calientes y palpitantes. Ahora ya no estás, te has ido, te escribo esta carta para decirte que te deseo. Te echo mucho de menos. Echo de menos tus caricias de terciopelo, tus besos de fuego, tus labios rozando cada centímetro de mi cuerpo, tu piel, tu figura, ese cuerpo de guitarra. Ahora que tú no estás, la descuelgo de la pared y danzo con ella. He anclado tu fotografía en el mástil, y apoyando su caja sonora sobre mi vientre y mis dedos pulsando las cuerdas, doy vueltas y más vueltas hasta entrar en un trance de desmayos, en los cuales sueño con tenerte de nuevo entre mis brazos y beso tu cara reflejada en esa foto de no hace tanto, pero me sabe a papel plastificado, no hay chispas, no hay fuegos artificiales, no sabes cuanto te añoro y te deseo. Mi musa. Mi inspiración. Mi enigma. Mi amante. Mi sirena. Mi princesa. Mi ángel. Mi cuerpo de guitarra.
Lo prohibido se me antoja un capricho que contraviene las normas de honestidad, un pecado, lo ilícito, un delito clandestino ¡Mas cuánto deleite y fruición el gozar con el fruto ajeno! . Eras manjar vedado para mi paladar, propiedad privada, solar tomado por otro hombre, ese ser al que llamabas vil y grotesco, pero con el que compartías su cama. Ese esposo figurante, comparsa de tus pesadillas, pagador de tus caprichos, y por ende, mi mejor amigo, mi hermano, mi cómplice de juergas en la noche. Si yo te hubiese contado las mujeres con las que compartimos cama, ahora, nos odiarías a los dos con toda tu alma. No quiero engañarte, nunca fui capaz de ocultar mis sentimientos, la sinceridad siempre fue mi gran defecto, pero la lealtad la superaba y sin embargo la pasión hizo trizas toda sinrazón, de un plumazo barrió todos mis principios. A él le traicioné y a ti te mentí. Jugué a dos bandas, con las cartas marcadas, me inventé un farol y los cristales rotos laceraron la piel de las bajas pasiones, de los animales en celo que éramos tú y yo. Te pido perdón.
Pero tu carne era el deseo hecho lujuria, esas curvas tridimensionales de tu figura me enloquecían cuando mis sentidos te notaban cerca, y era entonces cuando dejaba de sentirme un ladrón y mi barco cruzaba mares embravecidos que nunca desee apaciguar. Era irreal, una fantasía onírica, un deseo, la tentación de un cuerpo femenino oliendo a jazmín, de un beso de amigo, de unos senos blandos y suaves apoyados sobre mi pecho en tantos abrazos que nos dimos, inocentes, si, inocentes al principio, cuando tan sólo eras la mujer de él, pero un día, sin saberlo, dejaste de serlo, para convertirte en un cuerpo de guitarra y deseaba tenerte, besarte, abrazarte, tocar tu piel, sentir mi cuerpo temblar con tu mirada. Dejaste de ser una hermana, te hiciste mujer para mí y yo me hice traidor, ladrón, usurpador de cuerpos, de caricias que tú dabas filiales y yo recibía como un amante. Mi conciencia luchó denodada y bizarra contra el apetito carnal, ¿recuerdas esos meses largos de ausencia?, con excusas banales, era mi lucha interna que me alejaba de ti, y de mi traición cobarde hacia él, pero no soy luchador, y en las noches soñaba contigo, esas caderas, esa piel blanca, esos senos bajo el jersey verde, y al hacerlo con chicas de hotel barato, cerraba los ojos y era tu cuerpo, eras tú la que gemía debajo, eran tus nalgas las que apretaban mis manos, tus pechos los que sobaban mis dedos y tus pezones los que mis labios chupaban y mi lengua empapaban en lametones de océanos. Eras tú. Siempre tú, sin serlo, y sabes, al abrir los ojos, el encanto se esfumaba, la magia se trasladaba a los billetes de euro con los que pagaba aquella cita nocturna y un amargo cáliz teñía mi noche de insomnio, y deseaba llamarte y escuchar tu voz, y tenerte entre las sábanas y gozar contigo y hacerte el amor hasta el final de los tiempos, cabalgando a horcajadas sobre tus lomos, cual enjaezada yegua briosa de cuentos de hadas.
En vuestra inocente confianza, y esa amistad que yo traicioné, vosotros, ingenuos, metisteis al zorro en el gallinero, y tú, inquieta y dicharachera, deseaste aprender a tocar la guitarra, y yo, poniendo mil excusas inventadas, y tú insistiendo, y él apoyándote y dejé de acompañarle en sus juergas nocturnas para habitar en tu casa. A él le había salido perfecta la jugada, te tenía entretenida conmigo, con su amigo, su hermano, esa persona en la que confiaba y tú ya no le podías echar en cara sus salidas a destiempo que él te contaba pasaba con amigotes de parranda. Una guitarra para una mujer que ya tenía ese cuerpo, esos dedos largos que pinzaban las cuerdas y sujetaban la púa con ternura de poeta haciendo verso a su amada. Y caí en el pozo de las tentaciones, de las voluptuosidades, de los paraísos forrados con pétalos de rosas. Yo me había enamorado de tus formas y redondeces, de tu envase externo, te juro que si pudiese, hubiese hecho un molde, te hubiese arrancado la piel, rellenado de ternura y te habría traído conmigo, dejándole para él tu interior, tus entrañas y sentimientos, eso que llaman belleza interior, tan solo deseo tu coraza, el contorno, tu belleza física. No me enamoré de ti. Te desee. Un deseo animal, indecente, corrupto, impuro, sensual, erótico. Penetrar en ti.
Esa noche, a luz de luna, rasgabas una guitarra desafinada. Te pregunté sobre tus cuitas y pesares y unas lágrimas desafiantes pugnaban por estallar en tu rostro. Dejaste la guitarra. Me abrazaste y sollozando dijiste que él te engañaba. Tu pelo olía a osito de peluche, te enjugué esas lágrimas rebeldes, te tuve tan cerca, tan infantil, tan desvalida que me aproveché de tu debilidad, me bebí tus lágrimas a besos, sonreíste, besé tu sonrisa, no te negaste, no resististe, besé tu cuello, mis manos se posaron sobre tus pechos, dos espinas se me clavaron en las palmas, una blusa cayó al suelo, mis manos acariciaban tu cintura, mis labios se posaron en tus senos, la falda cayó al suelo, mi sexo despertaba, tus nalgas se me ofrecían cachetudas y libres, y fuimos un único ser, compenetrados, gimiéndole a luna cual dos gatos en celo, te dejaste hacer, yo me perdí en ti, te tuve, te poseí, te forcé, la magia corría, el corazón hacía tic tac a marchas forzadas, la cópula entre dos animales vestía de sudores la habitación mientras la guitarra dormitaba con los ojos cerrados vuelta hacia la pared, escondiendo la traición. Entraba y salía de tu cuerpo desnudo, una y otra vez, una y otra vez, mi cabeza retenía explosiones, mi lengua acariciaba tu piel empapada en sal, chupaba tus cimas coronadas de nieve perpetua, el inicio del universo, escurriéndose fluidos, manando corrientes bravas sobre cuerpos candentes, lujuriosos, enfermizos casi, febriles, denotando la pasión a borbotones, a empellones de músculos erectos, grandilocuentes, gozadores de lo prohibido, de lo divino, del instante del momento, ese momento que trágicamente se vistió de regreso, de su regreso, de la fatídica trama del destino que pone al descubierto las traiciones. Él regresó esa noche. Nos vio. Venía borracho. Tú eras la más débil, te golpeó con su puño cerrado. Te defendí. Cayó al suelo y se golpeó contra algo. Luego la sangre. Tus gritos ya no eran gemidos de placer, eran de rabia, de ira, de frustración. Me llamaste asesino y me echaste de tu lado, te quedaste con él. Que curiosa es la vida, ahora que está muerto le has elegido sobre mí y yo ando errando más allá de ti, en otro país, un apátrida, un tránsfuga de mi propia gente, siempre huyendo y escondido, buscado, sin querer dar la cara, tú sabes que fue un accidente, pero ellos no y no pienso ir a la cárcel por un delito que no cometí, por desearte, por defenderte, por haberte hecho mía el día de su muerte. Te deseo. Adiós para siempre.
P.D. Está carta apareció encerrada en la caja sonora de una guitarra de un vagabundo que encontraron muerto a los pies de la tumba de un cementerio.
No sé cuál es su nombre, pero eso no importa nada, es blanco, grande y algo viejo, como muchos hombres, pero no es un hombre, es un perro, un gran mastín hembra de dientes amarillos no afilados, de pelo sucio casi gris se diría. Un mastín es un perro de presa, que asusta a todo el mundo cuando abre la boca y enseña los dientes, pero el mastín cuyo nombre no sé no abre la boca, ni enseña sus dientes. En el ayer su cuerpo recibía uno tras otro las pedradas que le lanzaban desde el otro lado de la valla, por aquel entonces era aún fiero, tenía rabia y orgullo, ladraba amenazador y mordía los alambres de la valla, les hacía frente y huían de él. Pero aquella valla era más fuerte que él, no podía romperla, le habían puesto delante un muro y, cobardemente, detrás de ese muro, alguien seguía lanzando piedras, uno y otro día y el fiero con su orgullo lo fue perdiendo, ahora cuando oía pasos se escondía en su caseta y ladraba, ladridos que también los fue perdiendo, ahora cuando oía pasos, se escondía en su caseta y ladraba, ladridos que también los fue perdiendo. Le habían quitado su valor, le habían hecho, ¿sumiso?, no, le habían vuelto cobarde, corría como un cobarde a esconderse de cualquiera, porque para él todos tiraban piedras, todos le hacían sufrir ¿Rencor? Debía de tenerlo, y también ganas de venganza, ¿verdad? .No. El no era un hombre y no conocía esos sentimientos. Tenía miedo de perros de pequeño tamaño y con el rabo entre las patas, salía corriendo, al trote, despacio, se paraba y al mirar a los ojos del perrillo chico veía en ellos ganas de jugar. El perrillo chico corría a su alrededor moviendo la cola graciosamente y el mastín, con señales en su cuerpo que dejaban la carne libre comprendió : sólo quiere jugar. El también quería jugar, era lo que mas deseaba y jugó, pero en su juego siempre había una mirada hacia atrás y un recuerdo y siempre dispuesto a huir ante un hombre, aunque no llevase en sus manos una piedra . Hay hombres que son como este mastín del que no sé su nombre. ¿¡ Si no existieran las piedras .. ¡?
Desde pequeños eran más que hermanos, eran cómplices de juergas y parrandas, de peleas y batallas, de conquista de mujeres y escarceos amorosos. De mayores cada uno tomó un rumbo, sin perder un ápice de su cohesión, de su filial complicidad, de su amistad.
Seis desarrapados soldados, desertores, envilecidos, al mando de un capitán sádico, sanguinario, embrutecido, entraron a cuchillo en el desprotegido pueblo de no más de cuatro casitas blancas, buscaron la más lujosa, asesinaron al patriarca, vejaron y ultrajaron a las mujeres antes de quitarles también la vida, y partieron con dos hombres, hermanos, como rehenes, uno de ellos malamente malherido, huyendo de un posible desquite vengativo por los lugareños y arribaron a las puertas de la Abadía que dominaba desde lo alto, solitaria y perdida, el valle sobre el que se asentaba la Villa.
Un fusilamiento, seis soldados, un capitán que los manda. Un grito de un hombre que atado, lo presencia y vierte lágrimas de rabia y un fraile que observa detrás de los cristales de una ventana y se muerde los labios, aprieta los puños y clama venganza, mientras un hombre herido, moribundo, a su lado exhala los últimos estertores de vida.
Un cuerpo que cae inerte, muerto, como un pelele de paja, al suelo, un capitán se acerca a rematarle, desenfunda la bayoneta y la cala en el fusil, enfila al corazón del muerto, y la clava con ímpetu de enajenado, se oyen crujir, rajar, partir los huesos de las costillas, sangrar a borbotones el corazón dentro del pecho y el cuchillo atraviesa el cuerpo de parte a parte, tal es la fuerza del golpe, que la hoja tropezó con una piedra del otro lado y la punta se partió, un intento de un medio giro brusco del arma, para abrir más la herida, pero la carne, músculos y huesos apenas permiten girar la hoja en el cuerpo, unos milímetros apenas, pero el capitán ya está contento. El muerto, muerto está. Otro fraile más, es el noveno.
En la Abadía que domina desde lo alto el pueblo, situada junto a una charca, el capitán se acerca al hombre que permanece atado con una soga al cuello, junto a un árbol. - Tienes una semana de plazo para traernos lo que te pedimos, - le gritó enardecido el capitán - ó a ese al que llamas hermano acabará fusilado. Si el domingo 1 de marzo, al despuntar el alba, no regresas con tantas monedas de oro como caben en este capacho, ni una sola menos, todo habrá acabado para tu hermano. ¿Lo has entendido bien, verdad? . - Me será imposible reunirlo en ese periodo de tiempo. El camino es largo y difícil a París, los caminos están bloqueados, el alzamiento está en las calles. - Una semana, el 1 de marzo al alba Y de un tajo cortó la soga que sujetaba su cuello, dejándole libre Ahora vete, ya has visto lo que le ha pasado a tu gente en el pueblo, y ahora a los frailes, si no regresas con el dinero, tu hermano y ese otro fraile que hemos dejado con vida para que nos sirva de lacayo, morirán. - ¿Puedo despedirme de él? suplicó Quiero ver como está. - Vete, el fraile le está cuidando las heridas, vete. Y recuerda que si por una tontería se te ocurre formar un piquete de hombres armados, tu hermano morirá. Si traes el dinero, tienes mi palabra, nos iremos y no volverás a saber nada más de nosotros.
Hubo de partir hacia el pueblo, andando, el camino era largo, al llegar a su hogar, su rabia fue infinita, mandó que su padre y las mujeres fuesen enterrados lo más dignamente posible, buscó la mayor cantidad de monedas de oro entre los pocos parientes y vecinos de la pequeña villa y tomando el más veloz corcel que pudo encontrar partió hacia París al día siguiente, después de reponer fuerzas, donde pensaba conseguir el dinero de amigos, prestamistas o de no sabía que forma. Robando si fuese preciso.
Francia ardía con la revolución, los caminos eran peligrosos, París bullía de sangre derramada, de nobles que huían, de chusma descontrolada y de cabecillas guerrilleros que buscaban protagonismo a fuerza de guillotina. Ese era el París que se encontró al llegar. Pudo atravesar las barricadas al anochecer del segundo día. Tuvo suerte, una inmensa suerte al lograrlo.
El Abad del monasterio, el fraile superviviente, el tercer día, al rayar el alba, enterró el cuerpo del hombre al que nada pudo hacer por curar sus heridas, era el hermano mediano de los tres. . Uno de los soldados, probablemente el más estúpido de todos, dijo que al morir su prisionero, ya no les restaba nada por hacer allí y lo mejor sería huir con el pequeño botín que habían robado, ya no tenían a nadie ni a nada con que chantajear al otro tipo que había partido hacia París. -No seas estúpido bramó el capitán- él no sabe que está muerto y regresará con el dinero y cuando lo haga .. unas risitas cínicas bailaron en el viento mientras su dedo índice se paseaba por el gaznate de izquierda a derecha en un símbolo universal de degollamiento - le acompañara al infierno.
El hermano menor, el primogénito, ese mismo día, el tercero, vagaba por las calles parisienses buscando el maná de la salvación para un cadáver. En un París revuelto, logró reunir las monedas entre aquellos que aun podían contarlo, un par de bienhechores y ancianos nobles, íntimos y emparentados con su difunto padre, poderosos terratenientes a quienes todavía las hordas populares de Francia no habían llegado a contaminar con sus manos sucias de sangre. Era el anochecer del cuarto día cuando todo el capacho rebosaba de monedas de oro.
En la Abadía, seguros e impacientes, dejaban al Abad corretear por las estancias y el huerto, le dejaban ir a buscar los frutos de la huerta y la pequeña granja y continuamente le pedían que escanciase el vino en sus vasos, no sin que uno de ellos anduviese siempre vigilándole. Era un sumiso, devoto y pacífico fraile.
Al amanecer del quinto día, no encontraron al soldado estúpido, ni a uno de los caballos. Todos pensaron que había huido con parte del botín y le maldijeron a él y a sí mismos por su bajada de la guardia.
En París, la ciudad estaba tomada, las puertas cerradas, nadie podía salir ni entrar sin un salvoconducto, Le obligaron a retroceder, imposible salir. Las imágenes en las calles eran dantescas. La plebe se mofaba, escupía, se revolcaba entre suciedad y vísceras. Transcurrió el quinto día sin esperanzas.
En la Abadía, al anochecer del quinto día, un soldado borracho, al parecer había tropezado y se había roto la crisma contra las escaleras de piedra, eso fue lo que observaron los demás, al encontrarle muerto a la mañana siguiente al pie de la escalera con las sienes manchadas en sangre coagulada.
El sexto día, al amanecer, en París, un jinete fue detenido por milicianos mientras intentaba atravesar las barricadas por la puerta Norte, fue conducido a una cárcel del pueblo hasta el atardecer en que otra revuelta popular rompió el cerco y en la nefasta confusión, confundido en las sombras, entre la multitud ebria y exaltada pudo huir.
En la Abadía, un tercer soldado apareció muerto, ahogado, junto a la charca, desnudo, después de haber comentado con sus compañeros que iba a darse un baño, el capitán, en un exabrupto, le gritó, al contemplar su cuerpo flotando en el agua, - Majadero. Si no sabes nadar, no te me metas en el agua - Aquello empezaba a convertirse en una costumbre, y los tres soldados restantes sintieron un frío helado en las espaldas, todas las muertes habían sido en accidentes perfectamente explicables, pero Lo cierto es que aquellas dudas les duraron poco, cuando el capitán dijo, - Majadero, te damos las gracias, el botín a repartir ahora será mayor.
En París, durante la noche del sexto día, burlando la vigilancia, robó un caballo y tanteando los caminos de salida, con mucho esmero, y ya cuando el sol tímidamente despertaba, y unas monedas caían como soborno en una mugrientas manos milicianas, logró por fin salir de París. Tenía tiempo. Un día y una noche por delante para llegar a la Abadía.
En la Abadía, los tres soldados se divertían con el fraile, le hacían bailar a la vez que golpeaban con la culata de sus fusiles, cuando este, enojado, mostró un puño cerrado en actitud desafiante, uno de los soldados quiso reírse más y dijo que quería ver como luchaba ese hombre con faldas y calando su bayoneta empezó a jugar con él. Nadie supo realmente como, pero el soldado, en un traspiés, enredado entre las piernas del fraile, acabó con su propia bayoneta clavada en el estómago. Los otros dos soldados, al ver aquello, la emprendieron a golpes con el abad, hasta que el capitán les grito que pararan, pues aún les podía ser útil para traerles vino y comida. Nadie se explicaba que había pasado, había sido un desgraciado accidente, pero culpa de aquel sumiso, subyugado y esclavo fraile, un servil y dócil monje que no se atrevería a matar una hormiga, que levantaría sus sandalias del suelo para dejarla pasar.
En los caminos de París, un jinete desesperado volaba galopando, clavando las espuelas en un caballo penco y desgarbado sobre una camino largo y lleno de ladrones, miserables, guerrilleros, milicianos, burgueses y parias campesinos hambrientos que veían en aquel alzamiento de París su liberación. Una pedrada en el hombro le derribó del caballo. Cuando recobró el conocimiento estaba tumbado en un mísero catre de un caserón. Le dolía horrores el hombro. La puerta estaba cerrada por fuera. La golpeó con fuerza pidiendo que le dejaran salir. Nada. Desfallecido, volvió a caer al suelo desmayado.
En la Abadía, el abad, dolorido, en la cocina, preparaba un guiso y vertía unos polvos azulados en dos copas de vino. La noche del séptimo día se iniciaba en su plenitud. El capitán había bajado al pueblo, oculto en las sombras de la noche buscando noticias del hermano y del dinero. Al regresar, sin la mas mínima información, sólo encontró al fraile, durmiendo plácidamente. Sus dos soldados habían desaparecido y a pesar de buscarlos por todas las habitaciones y alrededores de la Abadía, no pudo hallarlos.
En el caserón, al alba, la puerta se abrió, alguien le lanzó un cubo de agua sobre la cabeza que le despertó. Ya le daba igual. El sol estaba naciendo. El plazo había concluido. Era domingo, uno de marzo. Los siete días del plazo del ultimátum habían tocada a su fin. A su hermano quizá le estuviesen fusilando en ese mismo instante. Que importaba ya. Había fracasado. Había perdido no solo a su padre y esposa, sino también a uno de sus tres hermanos, y había perdido el dinero, oculto en las alforjas de su caballo, para siempre - lo cual era lo que menos le importaba- .
En la Abadía, el capitán despertó al fraile a patadas y le gritó preguntándole por sus hombres. - ¿Has sido tú? ¿Tú les has matado? Le espetó mientras le golpeaba- Tú, maldito fraile. - No se nada. Tus soldados andarán por ahí, borrachos. La última vez que les vi, andaban muy apurados buscando un rincón donde hacer de vientre. Demasiado vino. Creo que el vino no les sentó bien. Y andaban cada rato yendo a evacuar. El vino. - No mientas o te mato. ¿Cómo lo has hecho? Dime. Un fraile como tú, timorato, idiota y mojigato ¿Cómo los has matado a todos? ¿Acaso tienes un cómplice? ¿Alguien desde fuera te ha ayudado? - Yo no he hecho nada. Piensa. ¿Me hubieses encontrado durmiendo tranquilamente al volver si yo hubiese matado a tus hombre? ¿Acaso no hubiera escapado? ¿No me hubiera ido con tu pequeño botín? ¿Para que iba a quedarme a esperarte? ¿Para que tú me mates? .Y te Juro que en estos días no he visto ha nadie por los alrededores, a nadie y tus hombres tampoco. Piénsalo. Vi a tus soldados correr hacia el bosquecillo y desde entonces no he vuelto a verles.
Aquellas razones convencieron al capitán, el cual, después de descansar de su caminata al pueblo, tomar algo de comer y beber, partió hacia el bosquecillo a buscar a sus hombres y los encontró, muertos. A sus pies varias monedas, todo parecía indicar que habían peleado por el dinero intentando huir con él y en una pelea habían acabado el uno con la muerte del otro.
En el caserón, alguien se acercó al catre, al verle sentado, le reconoció, le llamó por su nombre de pila, le dio un abrazo y ordenó que le trajesen de comer y beber y que le cuidasen la herida. El jefecillo de aquellos desarrapados era un buen amigo suyo, alguien a quien conocía y con quien había compartido muchos tragos de vino. Ya daba igual. Le contó la historia por la cual viajaba por aquel camino, pero levemente modificada, en vez de dinero, lo que dijo que los desertores buscaban eran salvoconductos para salir de Francia, pero era tarde. Hoy era domingo, 1 de marzo. Su hermano habría muerto fusilado esa misma mañana.
Cuando el capitán regresó a la Abadía, ya oscurecido, lo hizo con ganas de vengar la muerte de sus hombres, de buscar una cabeza de turco, alguien que pagara por la muerte de sus soldados, no importaba que hubiesen sido accidentes ó mutuos e internos asesinatos entre ellos. Buscó al fraile y lo encontró en su aposento, mirando por la ventana. Ya no le servía de nada. Y no iba a dejar testigos. Era un fraile extraño, noño, asustadizo y apocado . ¿Porqué no habría huido? Había tenido todo el tiempo y toda la libertad del mundo para hacerlo. Al oír sus pasos, el Abad se volvió y le dijo. - Desde aquí presencié el fusilamiento de mis nueve hermanos de congregación dijo Recé para que yo fuese uno ellos, para no mas dar mi vida por la de uno y también en ese camastro atendí la heridas de un hombre que murió entre mis manos. - No has de preocuparte, pues aquí será donde hoy vayas a morir tú también dijo el capitán, apuntándole con su fusil - ya no me sirves de nada - Ese arma está descargada arguyó el fraile le quité las balas mientras descansabas - Ja,ja,ja,ja,ja Rió el capitán y apuntando disparó, pero no sucedió nada - - Ya os dije que el arma estaba descarga y ante de acabar contigo comentó en un susurro el fraile, con franca entereza y recalcando sílaba por sílaba, disfrutando mientras las decía quiero que sepas, que yo maté a tus hombres, uno a uno. A los seis.
El capitán caló su bayoneta despuntada y se lanzó contra el abad, que lo esquivó asiendo el fusil con la mano derecha y el brazo del capitán con la izquierda, a la vez que le hacía girar y le golpeaba contra la pared, fue entonces cuando le arrebató el fusil, y sin más dilación se hundió el largo cuchillo desdendanto en la mitad del pecho, quitándole la vida.
En el caserón situado a medio camino entre la Abadía y París, dos personas hablaban: - Hoy no es domingo, hoy es sábado, todavía estás a tiempo de llegar a tu cita, de salvar a tu hermano, a mi amigo. Debes darte prisa. Tienes todo el día y la noche por delante. - ¿Sábado? ¿Cómo es eso posible? . - ¡Sábado! Claro, hoy es 29 de Febrero. Es bisiesto. Es un año bisiesto. La esperanza renació en su corazón. Iluso. Soñador. Le devolvieron su caballo y partió de nuevo al galope, cerciorándose que el dinero seguía a salvo, escondido en las alforjas. El resto del viaje lo realizó sin incidencias apenas. Cuando llegó a la Abadía, a media tarde, tan solo encontró al Abad. El fraile le abrazó, lloró y contó todo lo acaecido. El hermano pequeño comprendió que en un mismo día había en el cual había partido de París con toda su esperanza intacta, había perdido la ilusión en el camino, la había vuelto a recuperar y al final sus anhelos se desmoronaron por el precipicio. El Abad le dijo que no volvería a vestir dichos hábitos, que ya no era digno de ellos. No había huido, porque quería vengar a los frailes muertos, a sus amigos, y sobre todo y especialmente, quería vengar a su padre y a su hermano de sangre que había muerto entre sus brazos y por quien no pudo hacer nada para salvarle la vida, pues sus atroces heridas se lo habían impedido. Ahora sólo quedaban ellos dos, sólo dos hermanos.
Nunca creí que mi hermano mayor llegase a ser ordenado Abad.
Desde pequeños eran más que hermanos, eran cómplices de juergas y parrandas, de peleas y batallas, de conquista de mujeres y escarceos amorosos. De mayores cada uno tomó un rumbo, sin perder un ápice de su cohesión, de su filial complicidad, de su amistad.
Seis desarrapados soldados, desertores, envilecidos, al mando de un capitán sádico, sanguinario, embrutecido, entraron a cuchillo en el desprotegido pueblo de no más de cuatro casitas blancas, buscaron la más lujosa, asesinaron al patriarca, vejaron y ultrajaron a las mujeres antes de quitarles también la vida, y partieron con dos hombres, hermanos, como rehenes, uno de ellos malamente malherido, huyendo de un posible desquite vengativo por los lugareños y arribaron a las puertas de la Abadía que dominaba desde lo alto, solitaria y perdida, el valle sobre el que se asentaba la Villa.
Un fusilamiento, seis soldados, un capitán que los manda. Un grito de un hombre que atado, lo presencia y vierte lágrimas de rabia y un fraile que observa detrás de los cristales de una ventana y se muerde los labios, aprieta los puños y clama venganza, mientras un hombre herido, moribundo, a su lado exhala los últimos estertores de vida.
Un cuerpo que cae inerte, muerto, como un pelele de paja, al suelo, un capitán se acerca a rematarle, desenfunda la bayoneta y la cala en el fusil, enfila al corazón del muerto, y la clava con ímpetu de enajenado, se oyen crujir, rajar, partir los huesos de las costillas, sangrar a borbotones el corazón dentro del pecho y el cuchillo atraviesa el cuerpo de parte a parte, tal es la fuerza del golpe, que la hoja tropezó con una piedra del otro lado y la punta se partió, un intento de un medio giro brusco del arma, para abrir más la herida, pero la carne, músculos y huesos apenas permiten girar la hoja en el cuerpo, unos milímetros apenas, pero el capitán ya está contento. El muerto, muerto está. Otro fraile más, es el noveno.
En la Abadía que domina desde lo alto el pueblo, situada junto a una charca, el capitán se acerca al hombre que permanece atado con una soga al cuello, junto a un árbol. - Tienes una semana de plazo para traernos lo que te pedimos, - le gritó enardecido el capitán - ó a ese al que llamas hermano acabará fusilado. Si el domingo 1 de marzo, al despuntar el alba, no regresas con tantas monedas de oro como caben en este capacho, ni una sola menos, todo habrá acabado para tu hermano. ¿Lo has entendido bien, verdad? . - Me será imposible reunirlo en ese periodo de tiempo. El camino es largo y difícil a París, los caminos están bloqueados, el alzamiento está en las calles. - Una semana, el 1 de marzo al alba Y de un tajo cortó la soga que sujetaba su cuello, dejándole libre Ahora vete, ya has visto lo que le ha pasado a tu gente en el pueblo, y ahora a los frailes, si no regresas con el dinero, tu hermano y ese otro fraile que hemos dejado con vida para que nos sirva de lacayo, morirán. - ¿Puedo despedirme de él? suplicó Quiero ver como está. - Vete, el fraile le está cuidando las heridas, vete. Y recuerda que si por una tontería se te ocurre formar un piquete de hombres armados, tu hermano morirá. Si traes el dinero, tienes mi palabra, nos iremos y no volverás a saber nada más de nosotros.
Hubo de partir hacia el pueblo, andando, el camino era largo, al llegar a su hogar, su rabia fue infinita, mandó que su padre y las mujeres fuesen enterrados lo más dignamente posible, buscó la mayor cantidad de monedas de oro entre los pocos parientes y vecinos de la pequeña villa y tomando el más veloz corcel que pudo encontrar partió hacia París al día siguiente, después de reponer fuerzas, donde pensaba conseguir el dinero de amigos, prestamistas o de no sabía que forma. Robando si fuese preciso.
Francia ardía con la revolución, los caminos eran peligrosos, París bullía de sangre derramada, de nobles que huían, de chusma descontrolada y de cabecillas guerrilleros que buscaban protagonismo a fuerza de guillotina. Ese era el París que se encontró al llegar. Pudo atravesar las barricadas al anochecer del segundo día. Tuvo suerte, una inmensa suerte al lograrlo.
El Abad del monasterio, el fraile superviviente, el tercer día, al rayar el alba, enterró el cuerpo del hombre al que nada pudo hacer por curar sus heridas, era el hermano mediano de los tres. . Uno de los soldados, probablemente el más estúpido de todos, dijo que al morir su prisionero, ya no les restaba nada por hacer allí y lo mejor sería huir con el pequeño botín que habían robado, ya no tenían a nadie ni a nada con que chantajear al otro tipo que había partido hacia París. -No seas estúpido bramó el capitán- él no sabe que está muerto y regresará con el dinero y cuando lo haga .. unas risitas cínicas bailaron en el viento mientras su dedo índice se paseaba por el gaznate de izquierda a derecha en un símbolo universal de degollamiento - le acompañara al infierno.
El hermano menor, el primogénito, ese mismo día, el tercero, vagaba por las calles parisienses buscando el maná de la salvación para un cadáver. En un París revuelto, logró reunir las monedas entre aquellos que aun podían contarlo, un par de bienhechores y ancianos nobles, íntimos y emparentados con su difunto padre, poderosos terratenientes a quienes todavía las hordas populares de Francia no habían llegado a contaminar con sus manos sucias de sangre. Era el anochecer del cuarto día cuando todo el capacho rebosaba de monedas de oro.
En la Abadía, seguros e impacientes, dejaban al Abad corretear por las estancias y el huerto, le dejaban ir a buscar los frutos de la huerta y la pequeña granja y continuamente le pedían que escanciase el vino en sus vasos, no sin que uno de ellos anduviese siempre vigilándole. Era un sumiso, devoto y pacífico fraile.
Al amanecer del quinto día, no encontraron al soldado estúpido, ni a uno de los caballos. Todos pensaron que había huido con parte del botín y le maldijeron a él y a sí mismos por su bajada de la guardia.
En París, la ciudad estaba tomada, las puertas cerradas, nadie podía salir ni entrar sin un salvoconducto, Le obligaron a retroceder, imposible salir. Las imágenes en las calles eran dantescas. La plebe se mofaba, escupía, se revolcaba entre suciedad y vísceras. Transcurrió el quinto día sin esperanzas.
En la Abadía, al anochecer del quinto día, un soldado borracho, al parecer había tropezado y se había roto la crisma contra las escaleras de piedra, eso fue lo que observaron los demás, al encontrarle muerto a la mañana siguiente al pie de la escalera con las sienes manchadas en sangre coagulada.
El sexto día, al amanecer, en París, un jinete fue detenido por milicianos mientras intentaba atravesar las barricadas por la puerta Norte, fue conducido a una cárcel del pueblo hasta el atardecer en que otra revuelta popular rompió el cerco y en la nefasta confusión, confundido en las sombras, entre la multitud ebria y exaltada pudo huir.
En la Abadía, un tercer soldado apareció muerto, ahogado, junto a la charca, desnudo, después de haber comentado con sus compañeros que iba a darse un baño, el capitán, en un exabrupto, le gritó, al contemplar su cuerpo flotando en el agua, - Majadero. Si no sabes nadar, no te me metas en el agua - Aquello empezaba a convertirse en una costumbre, y los tres soldados restantes sintieron un frío helado en las espaldas, todas las muertes habían sido en accidentes perfectamente explicables, pero Lo cierto es que aquellas dudas les duraron poco, cuando el capitán dijo, - Majadero, te damos las gracias, el botín a repartir ahora será mayor.
En París, durante la noche del sexto día, burlando la vigilancia, robó un caballo y tanteando los caminos de salida, con mucho esmero, y ya cuando el sol tímidamente despertaba, y unas monedas caían como soborno en una mugrientas manos milicianas, logró por fin salir de París. Tenía tiempo. Un día y una noche por delante para llegar a la Abadía.
En la Abadía, los tres soldados se divertían con el fraile, le hacían bailar a la vez que golpeaban con la culata de sus fusiles, cuando este, enojado, mostró un puño cerrado en actitud desafiante, uno de los soldados quiso reírse más y dijo que quería ver como luchaba ese hombre con faldas y calando su bayoneta empezó a jugar con él. Nadie supo realmente como, pero el soldado, en un traspiés, enredado entre las piernas del fraile, acabó con su propia bayoneta clavada en el estómago. Los otros dos soldados, al ver aquello, la emprendieron a golpes con el abad, hasta que el capitán les grito que pararan, pues aún les podía ser útil para traerles vino y comida. Nadie se explicaba que había pasado, había sido un desgraciado accidente, pero culpa de aquel sumiso, subyugado y esclavo fraile, un servil y dócil monje que no se atrevería a matar una hormiga, que levantaría sus sandalias del suelo para dejarla pasar.
En los caminos de París, un jinete desesperado volaba galopando, clavando las espuelas en un caballo penco y desgarbado sobre una camino largo y lleno de ladrones, miserables, guerrilleros, milicianos, burgueses y parias campesinos hambrientos que veían en aquel alzamiento de París su liberación. Una pedrada en el hombro le derribó del caballo. Cuando recobró el conocimiento estaba tumbado en un mísero catre de un caserón. Le dolía horrores el hombro. La puerta estaba cerrada por fuera. La golpeó con fuerza pidiendo que le dejaran salir. Nada. Desfallecido, volvió a caer al suelo desmayado.
En la Abadía, el abad, dolorido, en la cocina, preparaba un guiso y vertía unos polvos azulados en dos copas de vino. La noche del séptimo día se iniciaba en su plenitud. El capitán había bajado al pueblo, oculto en las sombras de la noche buscando noticias del hermano y del dinero. Al regresar, sin la mas mínima información, sólo encontró al fraile, durmiendo plácidamente. Sus dos soldados habían desaparecido y a pesar de buscarlos por todas las habitaciones y alrededores de la Abadía, no pudo hallarlos.
En el caserón, al alba, la puerta se abrió, alguien le lanzó un cubo de agua sobre la cabeza que le despertó. Ya le daba igual. El sol estaba naciendo. El plazo había concluido. Era domingo, uno de marzo. Los siete días del plazo del ultimátum habían tocada a su fin. A su hermano quizá le estuviesen fusilando en ese mismo instante. Que importaba ya. Había fracasado. Había perdido no solo a su padre y esposa, sino también a uno de sus tres hermanos, y había perdido el dinero, oculto en las alforjas de su caballo, para siempre - lo cual era lo que menos le importaba- .
En la Abadía, el capitán despertó al fraile a patadas y le gritó preguntándole por sus hombres. - ¿Has sido tú? ¿Tú les has matado? Le espetó mientras le golpeaba- Tú, maldito fraile. - No se nada. Tus soldados andarán por ahí, borrachos. La última vez que les vi, andaban muy apurados buscando un rincón donde hacer de vientre. Demasiado vino. Creo que el vino no les sentó bien. Y andaban cada rato yendo a evacuar. El vino. - No mientas o te mato. ¿Cómo lo has hecho? Dime. Un fraile como tú, timorato, idiota y mojigato ¿Cómo los has matado a todos? ¿Acaso tienes un cómplice? ¿Alguien desde fuera te ha ayudado? - Yo no he hecho nada. Piensa. ¿Me hubieses encontrado durmiendo tranquilamente al volver si yo hubiese matado a tus hombre? ¿Acaso no hubiera escapado? ¿No me hubiera ido con tu pequeño botín? ¿Para que iba a quedarme a esperarte? ¿Para que tú me mates? .Y te Juro que en estos días no he visto ha nadie por los alrededores, a nadie y tus hombres tampoco. Piénsalo. Vi a tus soldados correr hacia el bosquecillo y desde entonces no he vuelto a verles.
Aquellas razones convencieron al capitán, el cual, después de descansar de su caminata al pueblo, tomar algo de comer y beber, partió hacia el bosquecillo a buscar a sus hombres y los encontró, muertos. A sus pies varias monedas, todo parecía indicar que habían peleado por el dinero intentando huir con él y en una pelea habían acabado el uno con la muerte del otro.
En el caserón, alguien se acercó al catre, al verle sentado, le reconoció, le llamó por su nombre de pila, le dio un abrazo y ordenó que le trajesen de comer y beber y que le cuidasen la herida. El jefecillo de aquellos desarrapados era un buen amigo suyo, alguien a quien conocía y con quien había compartido muchos tragos de vino. Ya daba igual. Le contó la historia por la cual viajaba por aquel camino, pero levemente modificada, en vez de dinero, lo que dijo que los desertores buscaban eran salvoconductos para salir de Francia, pero era tarde. Hoy era domingo, 1 de marzo. Su hermano habría muerto fusilado esa misma mañana.
Cuando el capitán regresó a la Abadía, ya oscurecido, lo hizo con ganas de vengar la muerte de sus hombres, de buscar una cabeza de turco, alguien que pagara por la muerte de sus soldados, no importaba que hubiesen sido accidentes ó mutuos e internos asesinatos entre ellos. Buscó al fraile y lo encontró en su aposento, mirando por la ventana. Ya no le servía de nada. Y no iba a dejar testigos. Era un fraile extraño, noño, asustadizo y apocado . ¿Porqué no habría huido? Había tenido todo el tiempo y toda la libertad del mundo para hacerlo. Al oír sus pasos, el Abad se volvió y le dijo. - Desde aquí presencié el fusilamiento de mis nueve hermanos de congregación dijo Recé para que yo fuese uno ellos, para no mas dar mi vida por la de uno y también en ese camastro atendí la heridas de un hombre que murió entre mis manos. - No has de preocuparte, pues aquí será donde hoy vayas a morir tú también dijo el capitán, apuntándole con su fusil - ya no me sirves de nada - Ese arma está descargada arguyó el fraile le quité las balas mientras descansabas - Ja,ja,ja,ja,ja Rió el capitán y apuntando disparó, pero no sucedió nada - - Ya os dije que el arma estaba descarga y ante de acabar contigo comentó en un susurro el fraile, con franca entereza y recalcando sílaba por sílaba, disfrutando mientras las decía quiero que sepas, que yo maté a tus hombres, uno a uno. A los seis.
El capitán caló su bayoneta despuntada y se lanzó contra el abad, que lo esquivó asiendo el fusil con la mano derecha y el brazo del capitán con la izquierda, a la vez que le hacía girar y le golpeaba contra la pared, fue entonces cuando le arrebató el fusil, y sin más dilación se hundió el largo cuchillo desdendanto en la mitad del pecho, quitándole la vida.
En el caserón situado a medio camino entre la Abadía y París, dos personas hablaban: - Hoy no es domingo, hoy es sábado, todavía estás a tiempo de llegar a tu cita, de salvar a tu hermano, a mi amigo. Debes darte prisa. Tienes todo el día y la noche por delante. - ¿Sábado? ¿Cómo es eso posible? . - ¡Sábado! Claro, hoy es 29 de Febrero. Es bisiesto. Es un año bisiesto. La esperanza renació en su corazón. Iluso. Soñador. Le devolvieron su caballo y partió de nuevo al galope, cerciorándose que el dinero seguía a salvo, escondido en las alforjas. El resto del viaje lo realizó sin incidencias apenas. Cuando llegó a la Abadía, a media tarde, tan solo encontró al Abad. El fraile le abrazó, lloró y contó todo lo acaecido. El hermano pequeño comprendió que en un mismo día había en el cual había partido de París con toda su esperanza intacta, había perdido la ilusión en el camino, la había vuelto a recuperar y al final sus anhelos se desmoronaron por el precipicio. El Abad le dijo que no volvería a vestir dichos hábitos, que ya no era digno de ellos. No había huido, porque quería vengar a los frailes muertos, a sus amigos, y sobre todo y especialmente, quería vengar a su padre y a su hermano de sangre que había muerto entre sus brazos y por quien no pudo hacer nada para salvarle la vida, pues sus atroces heridas se lo habían impedido. Ahora sólo quedaban ellos dos, sólo dos hermanos.
Nunca creí que mi hermano mayor llegase a ser ordenado Abad.
Un pequeño homenaje literario al trágico suicidio por amor, y quisiera recalcar literario, porque no siento que una muerte deseada sea merecedora de ningún elogio. Una jovencísima mujer de 24 años, escultora y pintora. Marga Gil Roësset se suicidó por amor, el amor del poeta Juan Ramón Jiménez, de quien le separaban muchos años de edad.
Había amado tanto, y era un amor tan imposible, que el arte no era suficiente para evocarla en el placer del olvido. Se había enamorado, de una forma tan irracional y pasional, que los sentimientos no sabían de instintos, todo lo borraban, lo cegaban, como un invidente que camina por el borde de un precipicio y por no verlo, no le tiene miedo. Exacerbada locura, ardiente y vehemente amor no correspondido. ¿No correspondido?. Si. Mejor, prohibido, inalcanzable. Tan distinto y tan igual del amor Platónico
Era una artista demasiado joven para sufrir, demasiado buena para perder, demasiado sincera para mentir. Su creatividad se plasmaba en sus esculturas y en sus pinturas, en sus tallas, sus dibujos, en el yeso de sus obras, en los colores de sus bocetos, capaz de forjar y de engendrar de la nada figuras vivas, expresivas, dotadas de un realismo trágico, como el final de su vida. Sus manos, amasaban el contorno con efusiva ternura, con entusiasta ilusión y esa complacencia del arte, de los matices de sus retratos, de sus bosquejos le llevó a comportarse con arrebatado ardor, a volcarse en lo que daba sentido a su existencia. ¿Creía ella acaso que sus obras no eran obras de arte? ¿Pensaba que aquello no era más que una ociosidad de una mujer sensible sin talento? ¿Se sentía invadida por la ciencia de la apatía? ¿Qué sentía aquella mujer? ¿Qué pensaba? ¿Acoso no intentó refugiarse en el último estertor de su existir, en sus creaciones, pidiéndoles ayuda? Si, lo hizo, les habló con rabia infinita, con ira, con tal furia les habló, que ellas, avergonzadas y compungidas, callaron, simples argamasas sin alma, bellas, pero inertes, inhumanas, y Marga les pidió perdón por haberlas fabricado, no, ella no fabricaba, ella creaba, las infundía realidad con sus manos, sus eternas horas delante de ellas, moldeando, modelando, raspando, de pie, cincelándolas a golpe de sentimiento y por ello, a golpe de sentimiento las destruyó. Las maté porque eran creaciones mía y yo iba a dejar de vivir. Toda su última obra, la de una artista enamorada hasta lo más recóndito de su ser, fue destruida, murió, de la misma forma que fue creada, nacida, por las manos del genio que es dueño y hace y deshace, y muestra y enseña y rompe y mata. Y terminó con lo que había creado. Lo destruyó.
Ella, una artista, se tuvo que enamorar de otro artista, curiosidades de la vida, un artista indiscretamente acoplado en un matrimonio dichoso. Mientras Marga esculpía el busto de Zenobia, esperaba verle llegar, esperaba verle editar un nuevo libro, esperaba verle hablar, y sin embargo un mundo de edad les separaba, pero el amor no tenía fronteras, ella instalada en la sempiterna juventud donde quedó para siempre , JRJ, en la madurez cursi y sosegada, y Zenobia en la amistad, una amistad que Marga nunca quiso traicionar.
Un disparó atronó en el jardín solitario. Y los montes de la sierra lloraron. Un suicidio por amor. ¿Acaso había enloquecido?. Y dejó un diario y se le entregó a él y una carta para ella, en la que decía :
Creo mucho mejor matarme ya... que sin él no puedo... y con él no puedo
En un pueblo de la antigüedad, nacieron dos hermanos de la misma edad, sus padres vivían en las laderas de un gran castillo feudal, eran campesinos-ganaderos de aquella pequeña aldea. Y crecieron, y el hermano que nació primero, el hermano mayor, junto con su gemelo, ayudaban en las labores del campo y el sueño de ambos era poseer un gran caballo para trabajar la tierra, y siguieron creciendo y el sueño del hermano mayor fue mas allá, poseer una gran porción de tierra con muchos caballos, y trabajaba de sol a sol, sin descanso ninguno para hacer su sueño realidad, cada moneda que obtenía la guardaba cuidadosamente. El hermano menor también trabajaba mucho, pero su dinero, lo empleo en pedir prestado un pequeño burro para labrar la tierra mas cómodamente, un burro pequeño en edad que aun debía alimentar con leche. El hermano mayor se reía del borriquillo de su hermano y gastaba bromas sobre él, le decía que era una forma tonta de gastar el dinero, que un burro no servia para nada y menos un burro apenas aun destetado, sin embargo él, ya había reunido unas cuantas monedas y pronto tendría un saquito lleno de ellas, que junto con otro y otro y otro saquito le daría para comprar un caballo alazán de gran alzada. El borrico del hermano segundo al principio no podía con el arado y comía mucho, llevándose en comida las pocas monedas que sacaba. Y pasaron los meses y el borrico se hizo mayor, y aunque no era un gran caballo servia para llevarle al trote y para tirar del arado y para llevar leña en las alforjas. El hermano mayor estaba siempre trabajando, ahorrando moneda a moneda para comprar una gran granja propia, no tenia burros y casi siempre iba andando y con ropajes requeteusados, pero sus monedas ya casi no cabian en dos saquitos. El hermano mayor era la persona mas trabajadora de la aldea, jamas descansaba, ni de día, ni de noche, doblando la espalda sobre los terrones, asiendo la azada con sus manos callosas, quebrándose día a día. Su hermano le invitaba a pasear sobre su burro, pero él lo despreciaba diciendo que solo montaría a lomos de un caballo blanco con crines doradas y de su propiedad, pues andar a lomos de burro era deshonroso. El hermano menor, después de terminar las faenas del campo le pedía que le acompañase a pescar al río, o a cazar, o simplemente a perderse por entre el bosque cercano y escuchar el trino de los pájaros y el ulular del viento entre las ramas, pero él se negaba diciéndole que tenia que seguir trabajando para sacar unas monedas más y que nunca, nunca, nunca montaría en un borrico, ni perdería el tiempo pescando, ni cazando a no ser que con ello obtuviese algún beneficio y que era malgastar el tiempo en ir y volver al río, o en pasear por el bosque, cosas que solo hacían los holgazanes y perezosos. En sus viajes a lomos de su burro, recorriendo los márgenes del río, en busca de sitios donde disfrutar de la buena pesca, conoció a la que sería su mujer, una persona de la que se enamoró y con la que compartió sus días de pesca junto al río, unos buenos y otros malos, sus días de caza y sus paseos por el bosque.
Casáronse los dos hermanos, el hermano segundo con la mujer de la que estaba enamorado, la cual le dio tres hijos, a los que adoraba y con los que formaban una familia feliz. Sin embargo, el hermano mayor lo hizo con la mujer viuda de uno de los amos a los que servia, una mujer ya vieja y con tres hijos, y casose con ella para no perder las pocas monedas que le pagaba por arar, cuidar y sembrar sus tierras, pues estas tierras y los dineros de la viuda eran sólo para sus hijos.
Y pasaron los años, el hermano menor no tenia ahorros, pero su vida era mas fácil, su sueño se había cumplido y no pedía mas, se conformaba con su burro, que ya iba para viejo, pero con el que podía trotar y que le ayudaba enormemente en su trabajo, y con el amor y cariño de su mujer y de sus hijos, con los cuales compartía el tiempo que sus faenas le dejaban ya que él procuraba que este fuese el mayor posible, y gastaba las pocas monedas que poseía en hacer feliz a su familia y que nada les faltase, sin preocuparle el que no pudiese guardar nada.
Y el hermano mayor volvió a contar sus ahorros, ya casi tenia monedas suficientes para comprar una granja con varios caballos, pero su espalda estaba ya doblada, sus manos agrietadas y callosas, lucia una barba gris blanquecina y sus cabellos también blanqueaban; los hijos de su mujer jamas le ayudaron en su trabajo y nunca fue un padre para ellos, pero ¡¡ podría comprar su granja!!. Había tardado mucho, pero el no quería un solo caballo, quería una granja entera, y hasta entonces no había tenido ni lo uno ni lo otro, pero ahora lo tendría todo, cuando ya estaba cansado y viejo. El hermano menor había tenido varios burros, había disfrutado con sus hijos y su esposa y en cambio no tenía guardado ningún saquito de monedas, su espalda no le dolía y parecía mil veces más joven que su hermano gemelo.
Y ocurrió que por entonces el hermano mayor enfermó de gravedad, debido a sus esforzados trabajos en el campo siempre destinados a conseguir una moneda más para rellanar sus bolsas, por lo que hizo llamar a su hermano menor y en su lecho de muerte le dijo: - He vivido mi vida trabajando, persiguiendo un gran sueño, mi sueño, pero voy a morir sin poderlo ver hecho realidad, sin embargo tu, has trabajado para que tu vida sea un sueño y la has vivido como tal, yo he luchado por un sueño, sin saber que los sueños se viven día a día, no esperándolos. Siempre soñé con tener una gran granja con caballos y ni siquiera tuve un solo burro en propiedad, no supe disfrutar de ello, tú si y quiero darte todas las monedas que he ido guardando durante mi vida, mañana quiero que vengas y te diré donde las guardo, hoy te daré éstas pocas que reuní en los últimos meses y que aun no lleve a guardar en los saquitos.
Y el hermano mayor murió ese mismo día, momentos después de que su hermano se fuera todo apenado a su casa al ver el estado envejecido y enfermizo de su gemelo. Su viuda y sus hijastros no lloraron su muerte, pues que aunque marido y padrastro, para ellos siempre sólo fue un empleado, mas al contrario, dieron saltos de alegría pues fueron ellos los que encontraron los saquitos llenos de monedas y nunca le dieron ni una sola moneda a su hermano, a pesar de que la viuda estaba presente cuando su marido prometio las monedas a su hermano.
Y fue a su muerte cuando se cumplió su sueño, pues el hermano menor con la parte del dinero que su hermano le dio rento por un día un caballo de crines doradas, sobre el que subió a su hermano para llevarlo a enterrar al cementerio desde donde los cipreses contemplaron meses mas tarde una granja cercana llena de caballos propiedad de la vieja viuda, que la había comprado con el dinero de los saquitos y con quien un año mas tarde se caso un joven para heredar su fortuna.
Moraleja de la vieja: 1. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy 2. Como te descuides se te va a pasar el arroz. 3. Si ganas 4, ahorra 1, el resto lo mejor es gastarlo 4. Disfrutar del Lunes, pues el Domingo nunca se sabe cuanto tardara en llegar 5. Hoy es el primer día del resto de mi vida